Caminata de 1.200 km: del Taj Mahal a Katmandú
Fecha: De enero a marzo de 2017
Lugar: India y Nepal
Objetivo: Caminar 1.200 km desde la puerta del Taj Mahal, en la India, hasta el Campo Esperança, en Katmandú, y recaudar 10.000 €
Total recaudado: 14.275,83 €
Destino de los fondos: 10.000 € para la construcción de dos casas en el pueblo de Yarmasing, en el Himalaya, y 4.275,83 € para la compra de alimentos para el Campo Esperança, en Katmandú.
Año y medio después del terremoto de Nepal, ya nadie hablaba de la tragedia. Los medios de comunicación habían borrado el tema de los titulares y las grandes ONG habían abandonado sus posiciones sobre el terreno. Hicieron las maletas y se marcharon a otros destinos. Sin embargo, en la vida real los problemas persistían. Los escombros seguían a la vista en las ciudades y en el campo, y las aldeas diezmadas por el terremoto no tenían accesos ni planes de reconstrucción.
Yo mismo empecé a hacer planes para volver a mi vida en Portugal. Le había pedido matrimonio a mi mujer y queríamos formar una familia, además de poner en marcha un proyecto profesional. Sin embargo, sentía una llamada que no podía ignorar. Las promesas que había hecho a cientos de niños en Nepal tenían que cumplirse. No podía simplemente dar la espalda, como si no hubiera pasado nada.
En diciembre de 2016, estaba en Goa para celebrar la Nochevieja con la familia de mi mujer cuando me invadió una inquietud: tenía que seguir implicado en la ayuda humanitaria a Nepal. “¿Volvéis mañana?” era la pregunta que los niños nepalíes hacían a los voluntarios tras el terremoto y que todavía hoy resuena en mi mente. Fue entonces cuando asumí una dura verdad: nunca podré dar la espalda a Nepal. Volveré hoy, mañana y siempre.

Así nació la primera Aventura Humanitaria. Todo empezó con las ganas de seguir ayudando a las familias que había conocido tras el terremoto de 2015. En un acto de locura y sin ninguna preparación, decidí de un día para otro caminar 1.200 kilómetros, solo, entre la puerta del Taj Mahal, en la India, y el Campo Esperança, en Katmandú, un proyecto que había ayudado a poner en marcha después del terremoto y que seguía activo sobre el terreno.

Durante 53 días caminé de sol a sol, guiado por la ilusión de recaudar fondos para construir dos casas en el Himalaya. Sin saber dónde dormiría ni cuál sería el mejor camino.
La India no es solo un país, es otro planeta. La pobreza que presencié cada día quedó grabada en mi corazón como un hierro candente. Caminaba con una mochila de diez kilos a la espalda, siempre con un palo de bambú en las manos para apartar a los perros y a los mendigos que intentaban abordarme.
Tras unos días, empecé a sufrir problemas físicos, sobre todo ampollas en los pies. La más grande de todas se llamaba “Fernanda”. Era una ampolla gigante junto al talón que decidió nacer encima de otra ampolla que ya existía. Ni sabía que algo así fuera posible; fue muy doloroso. No estaba acostumbrado a hacer tantos kilómetros al día y, además de las lesiones en los pies, las piernas y la espalda, de vez en cuando me sorprendía hablando solo, alucinando o sin saber dónde estaba.

A veces entraba en “pequeñas” localidades del norte de la India, con poblaciones de unos cinco millones de habitantes. Nunca había visto tantos seres humanos en un mismo lugar y tan juntos. Veía a gente beber agua de sitios que yo no me atrevería a tocar ni con los pies. Caminé de día y de noche, por el campo, por ciudades y junto al río Ganges. Siempre entre vacas sagradas, monos, elefantes, edificios de colores, templos hindúes y ruidosos tuctucs.

Al final, con las costillas a la vista como un perro escuálido y una barba que me tapaba el cuello, llegué a lo alto de una colina y divisé la ciudad de Katmandú. Los cientos de habitantes del Campo Esperança me recibieron con euforia y cumplí el objetivo de recaudar fondos para construir dos casas. Acabé escribiendo un libro sobre esta epopeya, disponible en portugués e inglés: “O meu caminho para Kathmandu”.
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