50 maratones en 50 días en Japón
Fecha: De marzo a abril de 2024
Lugar: Japón
Objetivo: Correr 50 maratones en 50 días y recaudar 8.000 €
Total recaudado: 14.298,18 €
Destino de los fondos: 7.149,09 € para la Comunidade Vida e Paz en Portugal, 3.667,09 € para el Sharadas Shelter for Children en Nepal y 3.482 € para el Rainbow Volunteer Club en Nepal.
Correr 50 maratones en 50 días es una hazaña que, de entrada, pertenece al terreno de lo imposible. ¿Cómo puede un atleta aficionado portugués de cuarenta años recorrer 42,195 km cada día, lejos de casa, en un país como Japón? Es un reto que supera los parámetros de la lógica y los propios límites del ser humano, tanto a nivel físico como mental.
En la última década, empecé a alimentar el deseo de vivir un viaje en solitario corriendo. En gran parte, inspirado por la película Forrest Gump. Me planteé atravesar un continente entero o unir dos lugares emblemáticos. Al final, me quedé con la idea de hacer cincuenta maratones en Japón. Tenía una enorme curiosidad por sumergirme en la cultura nipona, y ¿qué mejor forma de hacerlo que corriendo?
El 11 de marzo de 2024, salí de la estatua de Hachiko, junto a los pasos de peatones de Shibuya, en el centro de Tokio, y me embarqué en la que sería una aventura sin igual. La idea era avanzar desde la capital de Japón hacia el oeste, preferiblemente junto a la costa, y llegar a las ciudades de Nagoya, Osaka, Kioto e Hiroshima, entre otras.

Sobre el terreno, no tenía ningún apoyo logístico. Llevaba conmigo una mochila de 3 kg con algunos artículos esenciales: cepillo de dientes, medicamentos, dinero, tarjeta de crédito, cargador del móvil y una muda de ropa. Empezaba de madrugada y, en cuanto llegaba a los 42,2 km (la distancia de un maratón), buscaba un hotel a pie de carretera para dormir. Al día siguiente, lo repetía.

A pesar de las dificultades físicas, sobre todo en el tendón de Aquiles y en las rodillas, puedo afirmar que durante cincuenta días fui un hombre libre y feliz. Sufrí muchos contratiempos, me perdí, lloré y grité de angustia en medio de la carretera. Llevado por una fe invisible, cada mañana me levantaba de las tinieblas para correr un maratón más. Todavía hoy no sé cómo fue posible.
Al llegar al último día, el 29 de abril de 2024, aún me quedaban tres maratones por completar, así que decidí hacerlos de una sola vez en el parque Yoyogi, en Tokio. Fueron 126,6 km recorridos en quince horas, al límite del desgaste físico, con dolores insoportables y la ilusión de que, al final, era posible cumplir un sueño más. Cuando faltaban veinte kilómetros para terminar, pensé que tendrían que ingresarme en un hospital, porque sentía que partes de mi cuerpo se deterioraban, tanto a nivel cerebral como muscular, sobre todo en las piernas, las costillas y los pulmones.

La recaudación superó todas las expectativas y, al final, fue una enorme alegría poder apoyar a la Comunidade Vida e Paz en Portugal y proyectos educativos en Nepal. Fue la aventura más difícil hasta la fecha, pero unas semanas después, cuando entregué los donativos, me di cuenta de que todos los sacrificios habían merecido la pena. Cambiar sangre, sudor y lágrimas por pan y material escolar es obra divina.
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